EL CABALLO EN AMÉRICA

Se ha informado en otro lugar que, habiendo existido en la prehistoria diferentes géneros y especies de caballos en nuestro continente, ellos desaparecieron al finalizar el Pleistoceno por razones hasta el momento especulativas. Se ha señalado también que los caballos volvieron a América con Cristóbal Colón, durante el segundo viaje de este descubridor (1493), quien ya durante su primera travesía había tomado nota de la importancia de contar con caballos para la conquista y colonización de los territorios recién descubiertos. El establecimiento de criaderos de caballos en América fue una necesidad imperiosa, ya que su traslado desde la distante España y la inseguridad del viaje hacían sus precios prohibitivos para los conquistadores y primeros colonizadores. Los criaderos iniciales se establecieron en las islas del Caribe, desde donde fueron llevados a la conquista de Tierra Firme  (1510) y después a la de Méjico (1519).

En sus memorias, Colón señala que fue estafado por los comerciantes con quienes trató la compra de caballos para traer a América, ya que le vendieron rocines en vez de los afamados caballos andaluces de las castas Guzmán y Valenzuela que buscaba. Sin embargo, este traspié comercial fue a corto andar un golpe de suerte para los conquistadores, por cuanto tales tipos de caballos eran sólo para deportes ecuestres o lucimiento social, sin utilidad para la guerra; no así los rocines, mezcla de los caballos Bereberes que llevaron los moros durante su invasión a España con razas autóctonas de la península ibérica y que eran especialmente buscados por las fuerzas de caballería española por su rusticidad y resistencia en el combate, probados precisamente en la guerra de siglos de los peninsulares contra los invasores africanos. La palabra rocín tiene hoy una connotación despectiva. No en aquél entonces pues, si bien se trataban de animales de alto mestizaje, eran bien conocidos por sus aptitudes para tareas civiles y militares.

Vale la pena consignar que en sus memorias, el conquistador Bernal Díaz del Castillo detalla las características zootécnicas y aptitudes bélicas de los pocos caballos que participaron en la conquista de Méjico, lo que permite apreciar la gran importancia que dieron los europeos a este animal para entrar a los enormes espacios americanos; da cuenta también del espanto que ponía en los naturales la carga en su contra de unos pocos caballos, ya que se trataba de animales que veían por primera vez y que -al menos inicialmente- consideraban al jinete y a su cabalgadura como un solo ser. También Alvar Núñez Cabeza de Vaca informa del temor de los indígenas frente a los caballos, los que llevara en su expedición tierra adentro desde la costa de Brasil a Paraguay.

La necesidad de contar con caballos criados en la cercanía de los frentes de conquista y en zonas ya pacificadas llevó al establecimiento de criaderos en el territorio continental americano. En el México ya conquistado hubo criaderos que permitieron la rápida expansión del poder imperial español hacia California, Texas, Nuevo México, Arizona, Colorado y las grandes planicies norteamericanas. Animales escapados en estas campañas formaron enormes manadas de caballos asilvestrados, a los que en el hemisferio Norte se les conoce con diversos nombres (mostrencos, mesteños y mustangos, entre otros). Las tribus indígenas de aquellas regiones aprendieron a capturarlos, domarlos y utilizarlos para la caza y la guerra; la feroz resistencia que opusieron muchas naciones indígenas al avance del hombre blanco en Estados Unidos se debió –en buena parte- a la gran movilidad que les brindaba el caballo en sus encuentros bélicos.

El caballo llegó al Perú con el conquistador Pizarro (1531), estableciéndose criaderos de caballos en diferentes lugares de ese virreinato. Proceden de Perú los equinos que llegaron a Chile con la expedición de Pedro de Valdivia (1540); si bien partieron 75 ejemplares de ambos sexos, las pérdidas del ganado caballar en esta durísima expedición fueron importantes. Tres años después, Alonso de Monroy trajo al país 70 caballos, cuyo número se incrementó con varias remesas importadas de Cuzco, conformándose en el lapso de 7 años una masa caballar de aproximadamente 500 animales. Esta fue reforzada y mejorada con los reproductores que formaban parte de las 40 cabalgaduras que trajese el gobernador García Hurtado de Mendoza  en 1557. No obstante, ya para entonces el clérigo Rodrigo González de Marmolejo había fundado el primer criadero del país (1544) y ejemplares procedentes de sus criaderos de Melipilla y Quillota participaban ya en la conquista y colonización del territorio nacional.

Hacia 1585, gracias al genio de Lautaro, los mapuches incorporaron a sus ejércitos los caballos escapados de sus amos u obtenidos de éstos en encuentros bélicos, haciéndose expertísimos jinetes y temibles soldados de caballería. Los malones (fig.1) de los mapuches contra las poblaciones de colonos se extendieron durante siglos.

malón

Fig.1. El malón (M. Rugendas)

Los caballos fueron llevados a Argentina por el fundador de Buenos Aires, don Pedro de Mendoza (1536). Tal como en Norteamérica, caballos asilvestrados (baguales) en las pampas formaron grandes manadas que fueron aprovechadas por los indígenas pampeanos para sus encuentros bélicos y malones, siendo reconocidos como eximios jinetes y expertos soldados.

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